# 37 Fervor
Una edición mundialista sobre la épica de celebrar y la poética del júbilo compartido.
1.
La calle arde. Entre personas de todas las edades que cantan y agitan, mi hija y yo nos hacemos espacio para avanzar.
Experimento la definición empírica de la complicidad. Un desconocido levanta el puño, respondo levantando mi puño, digo “¡Vamos!”. El efecto contagio me fascina, un salto genera otros saltos, un grito atrae mil más. Por acá y por allá grupos diversos erupcionan en alientos y aplausos. Nos abrimos paso hasta el centro de la multitud. Qué contentos estamos.
¡Estamos celebrando! Argentina le acaba de ganar a Inglaterra el partido más épico de la Copa del Mundo. Los cantos, las camisetas, las caras pintadas. Todo es para todos. Compartimos esta alegría que nos pertenece por el solo hecho de ser compatriotas. Hay perros con camisetas de Argentina, hay bebés dormidos en cochecitos entre la multitud, hay padres e hijos de la mano, hay un imán que nos agolpa para ser felices.
Mi hija adolescente está encendida, salta y grita como nunca. Mi hijo menor vio el partido con la familia de un amigo y se van a festejar al centro de la ciudad. Recibo con euforia las fotos del primer festejo callejero que recordará durante toda su vida, me emociona verlo en su incursión inicial al Obelisco.
Vuelve a casa con las zapatillas rotas, sin medias, empapado de espuma. Me cuenta que se encontró una bandera argentina en el piso, se la puso en los hombros, caminó con los colores entre la multitud.
La calle arde porque la alegría calienta los corazones y juntos, ardemos mejor. Y esto fue apenas la semifinal.
2.
La generación que lo ganó todo está feliz.
Los jugadores de esta Selección, sí. Pero también los chicos. La generación de mis hijos nunca vio perder a su Selección. Para ellos, somos invencibles, imparables. Y aun cuando estamos a punto de caer, finalmente nos levantamos. En su narrativa futbolística, la alegría puede ser esquiva para los argentinos pero al final, llega.
¿Cómo es ser parte de una generación que solo sabe ganar? Los miro exultantes y pienso que ganar no genera acostumbramiento. Cada victoria vale como si fuera la primera, o la ultima. La fiesta no se vuelve reiterativa, no queda aguada por la repetición. Mas bien todo lo contrario. “Más fiesta y más siesta”, como dice Byung-Chul Han, el filósofo alemán que predica contra la sociedad exhausta y consumista.
Qué bien nos hace celebrar.
3.
En la era del contenido, la fiesta no está exenta de cobertura. La alegría en redes es como la droga. Miles de producciones de todo tipo circulan para apuntalar el fervor. Me encantan, los odio, dame más.
Me quedo hasta la madrugada consumiéndolo todo. Canciones inspiradas, bebés trasnochados, banderas desplegadas, edificios iluminados. En Buenos Aires, pero también en Córdoba, en Polonia, en Bangladesh.
Me fascina la versión IA del último clip de Madonna con los jugadores argentinos contorneándose fiesteros al ritmo de la música disco. O la canción que repiten todos los chicos, con la formación de la Selección, que se baila desde Uganda hasta Jujuy. La pasión no tiene edad, miro en loop el reel del jardín de infantes en el que un grupo de sala de 3, durante la hora de la merienda, sale disparado de sus sillas y se pone a rebotar en montón apenas escuchan: ¡Argentina, la Scaloneta ya llegó!
En otro video, un presentador de noticias inglés busca consuelo enarbolando una teoría de superioridad: los argentinos solo tienen el fútbol, no hay nada más en este país pobre y árido. Por suerte los ingleses tienen tantas otras cosas buenas para alegrarlos, el fútbol no es todo, el fútbol no es nada. Cuando termina su discurso encendido y mira a la periodista a su lado, ella frunce la cara y le dice: I still wish we’d won the match.
4.
¿Se es feliz por casualidad? ¿Se es feliz por merecimiento? ¿Se es feliz por contagio? ¿O en respuesta a algo?
Qué bien nos hace la alegría, me dice una amiga. Esta felicidad democrática, en un suministro que alcanza para todos, parece la más justa y natural.
Para terminar esta edición de júbilo mundialista, tomo prestado un fragmento de un poema del uruguayo Mario Benedetti que compartió el escritor y editor Rodrigo Espinel en su muy recomendable newsletter El buen poema. Son versos que, como cuenta Rodrigo, Benedetti le dedicó a Diego Maradona.
Hoy bien podrían ser para todos nosotros.
(…)
Tu esperanza ya sabe tu tamaño
Y por eso no habrá quien la destruya
Ya no te sentirás solo ni extraño.
Vida tuya tendrás y muerte tuya.
Ha pasado otro año, y otro años
Le has ganado a tus sombras, aleluya.
Pase lo que pase mañana, no nos sentimos solos ni extraños. Las alegrías ya dejaron su huella. Las guardamos adentro. Serán por siempre nuestras. ¡Aleluya!
Hasta la próxima,
Carolina




Fue hermoso lo que vivimos. Lo que mas me gusto fue la alegría compartida, sobretodo con esas personas que casi no hablamos a diario. Hubo complicidad, hubo equipo, y sobre todo hubo una seleccion que lo dio todo!
Qué alegría la alegría colectiva... y qué tremendo la cantidad de horas que pasé en el celular mirando contenido las últimas semanas. Ya pasará y volveremos a las rutinas, mientras tanto disfrutemos!